Ensayo | Luisa Pérez de Zambrana o «la encina herida por un rayo», por Ileana Álvarez y Francis Sánchez

Luisa Pérez Zambrana, poeta cubana.

Ninguna escritora del siglo XIX cubano, ni aún la frágil e im­petuosa Juana Borrero, me conmueve tanto por su vida y su obra como la «pasionaria triste», como llamó José Martí a Luisa Pérez de Zambrana en aquel famoso artículo en que reclamaba para ella el sitial de «la mejor poetisa americana»157 de la época y donde la oponía a una «fiereza» varonil de la Avellaneda.

Encarna Luisa la pasión, el sufrimiento de la madre y la esposa. Se acrisolan en ella la «poderosa vitalidad fundado­ra», típica de nuestros románticos y el tono mínimo, que­jumbroso que va del blanco al negro, de la iluminación a la sombra —casi sin darnos cuenta— del que padece el rigor de la ausencia de lo más amado.
Simboliza el tono íntimo, en claroscuro, de nuestro ser nacional. Padeció el mayor de los dolores que pueda afligir a cualquier individuo que aspire por su normal naturaleza a perpetuarse: el de sobrevivir a todos sus hijos, y sobre esta tragedia humana se fundó su enigma principal, que consistió precisamente en seguir siendo, in­sistir en su condición humana como poeta, no perder su voz, no renunciar a la maternidad literaria, sino, por el contrario, convertir la carne macerada de sus hijos y su propio abismo en atributos de sublimidad literaria, belleza insuflada de te­rror para vestir y proteger sus otros partos, los de la palabra, quizás menos corruptibles.

Aquella angustia que emanaba de cada fibra de su cuerpo y de su espíritu, la tornó palabra dolida en íntima comunión con la belleza. Y eso es lo que más me conmueve, lo que más me incita a una conversación desde mi contemporaneidad. Sus poemas, nacidos de la experiencia de la muerte, se con­vierten en el vehículo catártico que le da sentido a su existen­cia. A pesar de que va perdiendo uno a uno sus seres más que­ridos, encuentra el cauce sombrío de la expresión. Pudo optar por el silencio, por desaparecer anulada en la llama poética, por el sueño y la inmovilidad, pero prefirió mirar de frente el dolor y nombrarlo y, todavía más, cantarlo.
Ella se trans­muta en figuras integradoras y activas como «las góndolas silenciosas de la muerte»,158 «las palmas del martirio»,159 «la encina herida por el rayo» o «la alondra que solloza por la noche». Es el espacio de la misma noche insular cuyo cielo estudiaba sistemáticamente junto con su esposo. Este gesto magnánimo de su transfiguración que vence el aniqui­lamiento de la muerte, es lo que la salva para nosotros y la hace trascender en una imagen orlada por la ausencia de sus hijos, ya fijados a ella para siempre con las agujas del dolor comunicado, domesticado.

En este transfigurarse en objetos mínimos, leves como las góndolas, temblorosos como el rocío; en este candor que muestra —al igualar su vida a la pasión de Cristo, más que a la piedad de María—, en la franqueza de humilde sensibilidad femenina con que se apropia de los elementos que componen el frágil bosque insular, en la espontaneidad con que brota su callado rugir contra la muerte, como si hubiera encontrado las venas del aliento que por ratos le faltaban a Milanés, a Mendive y Heredia —fuentes literarias donde bebe—, aquí estriba la gracia que incorpora a nuestra tradición.

Leyendo sus versos, se comprende a Martí cuando habla­ba de los símbolos de la «roca» y la «flor» para distinguir a las dos grandes del siglo XIX cubano. Martí distingue tempra­namente en Luisa «un alma clara de mujer»162 y toma partido por su falta de elocuencia, la exquisita ternura de los sen­timientos que se expresan no sin cierta timidez, frente a la rudeza y severidad, el énfasis retórico de la mayoría de los poemas de la Avellaneda. Contrapone el temblor femenino de Luisa, con la seguridad varonil de la Avellaneda. Incluso en un arranque romántico inquiere a la naturaleza americana: «¿A quién escogerías por tu poetisa, oh apasionada y cariño­sa naturaleza americana?»,163 para sentenciar al final: «Una hace temer; otra hace llorar […] Lo plácido y lo altivo: alma de hombre y alma de mujer; rosa erguida y nelumbio que­jumbroso, ¡delicadísimo nelumbio!».164

No es mi objetivo referirme a lo controversial de estas pa­labras que más tarde contradijo Cintio Vitier con su estudio Lo cubano en la poesía, cuando afirmaba que «ciertamente no le negamos americanidad, como hizo Martí en su artículo de 1875 sobre Luisa Pérez. Todo lo contrario.

El ímpetu de la Avellaneda nos parece profundamente americano, mien­tras la delicadeza de Luisa tiene una luz específicamente in­sular».165 Para luego terminar, de forma inesperada para el lector, con una afirmación aún más controversial, al negar su ya hoy indiscutible aporte a lo cubano: «[…] lo que no des­cubrimos en ella es una captación íntima, por humilde que sea, de lo cubano en la naturaleza o en el alma; ni una voz que nos toque las fibras ocultas».166
Cuando posteriores estu­dios como el ensayo La Avellaneda bajo sospecha de Susana Montero,167 se han encargado de neutralizar este criterio y visualizar aspectos ignorados o minimizados de la obra y la personalidad de tan compleja y grande mujer cubana, no es mi interés en este espacio reivindicar, tratar de entender a la Avellaneda poeta, esa otra manera más dura pero no menos válida de mostrarse lo femenino en el siglo XIX.
Opino que las máscaras con que cubrió su alma, los travestismos a los que acudió fueron el cauce que aprovechó para imponerse en una sociedad marginante y marginada y, como sabemos, al despojarse de ellos en sus escritos más íntimos, sus cartas y su diario, deja ver la otra cara de la luna. La validez de esas máscaras ha sido objeto de análisis en estudios más prolijos, como el señalado, y han servido para desentrañar la enmara­ñada psicología y pertenencia a nuestra cultura de la que es considerada por gran parte de la crítica como la más alta voz de mujer del siglo XIX en habla hispana.

Por otro lado, Luisa nos brinda esa diferente faceta de la sensibilidad femenina donde no se necesitan máscaras, pre­fiere la desnudez del espíritu para mostrarse, no sin pudor, y si hay que vestirla que sea de «muselina blanca que es el traje que mejor armoniza con su sencilla intimidad».168

Lezama dijo de ella que en sus «poemas sobre la muerte de sus fami­liares, está la enorme sencillez de la tristeza cubana, nuestra manera de enfrentar la muerte», y esta sorpresiva captación de esa tristeza de «cubanísima gravitación»,169 desde la expe­riencia íntima del dolor en una mujer liberada de influencias externas, es la que la hace contemporánea y la que nos habla y nos sacude a través de los tiempos.

No dejan de estremecerme los versos escritos hace ya más de un siglo y medio, donde la autora da muestra de un desva­río que anticipa a las posmodernistas suramericanas del XX y convierte, en ese su característico trasmutar la naturaleza, las palmas deliciosas de Heredia, en cruces inmensas:

¿Amanece? ¿tengo alma? ¿el sol alumbra
este mar de tinieblas?
¿Las altas palmas, del suplicio antiguo
son las cruces inmensas?170

O estos tan contemporáneos, a pesar del arranque de ter­nura romántica:

¡Hijo de mis entrañas! ¿En qué idioma
te diré mi tristeza?171

O aquellos otros, delicias de Martí, donde conversa con la naturaleza insular, dotándola de vida y de misterio, tan pa­recida a la captación de nuestros mínimos secretos naturales que más tarde también develarían algunos poetas de Oríge­nes como Octavio Smith o Eliseo Diego:

Y aquí estoy otra vez… ¡oh qué tristeza
me rompe el corazón…! Sola y errante
vago en tu melancólica maleza,
por todas partes con dolor tendiendo
el mirar vacilante;
ya me detengo trémula, sintiendo
el próximo rumor de un paso amante;
ora hago palpitante
ademán de silencio a bosque y prado,
para escuchar temblando y sin aliento,
un eco conocido que ha pasado
en las alas del viento…172

Me imagino a Luisa a la edad de 85 años ayudando a Varo­na en la edición de sus poesías de 1920, inválida, casi ciega, olvidada por todos, sumida en la mayor miseria. Me imagino a Varona, otro noble anciano nunca del todo reivindicado, escribiendo aquel sentido prólogo y realizando un acto de justicia poética que aún está inconcluso, porque siguientes generaciones no han sabido o no han querido leer del todo bien a Luisa y rechazan ora su patetismo, ora su simplicidad, ora su ingenuidad o su dulzura, olvidando que todo esto for­ma parte irrenunciable del alma cubana.

Junto a estas visiones escucho la grave voz de quien fuera considerado el Maestro de la Generación del 30: «Cuando se ha podido sufrir así todo el rigor de la vida sin que enmudez­ca el labio, ni pliegue sus alas quebrantadas la inspiración, muy de lo hondo ha tenido esta que remontarse, y las fibras de esa poesía han tenido que estar muy reciamente entreteji­das con las fibras de ese espíritu».173 Acuden en sordina estas palabras, estas visiones, y me convenzo que la historia de nuestra literatura podría ser también la historia de unas cuan­tas metáforas, y esta es una de ellas.

157 José Martí: «Tres libros. Poetisas americanas. Carolina Freyre.Luisa Pérez de Zambrana. Gertrudis Gómez de Avellaneda. Las mexicanas en el libro. Tarea aplazada», en Obras completas, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo VIII, p. 310.131
158 Luisa Pérez de Zambrana: «La noche de los sepulcros», en Antología poética, Ed. Arte y Literatura,    La Habana, 1977, p. 86.
159 Luisa Pérez de Zambrana: «Martirio», ob. cit., p. 93.
160 Luisa Pérez de Zambrana: «Las tres tumbas», ob. cit., p. 99.
161 Ídem.132
162 José Martí: ob. cit., p. 311
163 Ídem.
164 Ibídem, pp. 311-312.133
165 Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, Instituto Cubano del Libro, Colec­ción Letras Cubanas, La Habana, 1970, p. 129.
166 Ibídem, p. 130.
167 Cfr. Susana Montero: La Avellaneda bajo sospecha, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2005, p.46. También es muy significativo, de Antón Arrufat, el libro Las máscaras de Talía. Para una lectura de la Avellaneda, Ed. Ma­tanzas, 2008.134
168 José Lezama Lima: Antología de la poesía cubana, t. II, Editora del Con­sejo Nacional de Cultura. La Habana, 1965, p. 186.
169 Ibídem, p. 185.
170 Luisa Pérez de Zambrana: «Mar de tinieblas», ob. cit., p. 96.
171 Ídem.135
172 Luisa Pérez de Zambrana: «La vuelta al bosque», ob. cit., p. 82.
173 Enrique José Varona: «Prólogo a la edición de 1920», apéndice en Luisa Pérez de Zambrana: Antología poética, Ed. Arte y Literatura, La Habana, 1977, p. 133.136

Luisa Pérez de Zambrana

Fue una poetisa cubana de marcado acento elegíaco.​ Nació en la finca El Melgarejo, cerca de las minas de El Cobre, Santiago de Cuba, el 25 de agosto de 1837. Bautizada Luisa Pérez y Montes de Oca, “perdió” el apellido materno al casarse con el renombrado crítico literario, intelectual y promotor cultural Ramón de Zambrana. Huérfana de padre tempranamente, se mudó con su familia a la ciudad de Santiago, donde se dio a conocer como poeta.


Luisa Pérez de Zambrana o «la encina herida por un rayo» , tomado del libro
Liturgia de lo real. Visiones de la poesía cubana (Ed. Deslinde, Madrid, 2023).