Tres poemas de Rodrigo Pesántez

Figura de mujer con rostro de ángel triste.


La poesía de Rodrigo Pesántez, del libro Antología poética (Ediciones Deslinde, Madrid, 2022) “…tiene los ojos de la melancolía, la voz de la denuncia y los puños crispados de la ira”, dijo Manuel Zabala Ruíz (Riobamba, Uruguay, poeta y catedrático universitario).

De cómo y por qué el hombre se transformó en espiga


Y el hombre renegó de su palabra,
porque lo que decía no acertaba:
le venían torrentes de tinajas
azules,
pero él tan solo tierra pronunciaba.

Se vio imposible frente a lo posible,
tenía voz pero a latón latía
toda la cuerda. De sus labios
nunca salió la intacta,
la rebelde
y pura
palabra que quería.

Por eso un día se arrancó
la sangre,
mordió la idea,
se cansó de amarla

y sordo y mudo y con la
izquierda fina
tocó al silencio y se quedó de espiga.


Oración para decir todos los ecuatorianos con indulgencia plenaria

Le causará impaciencia,
Señor Juez,
pero escúcheme,
Hijo Unigénito,
Cordero de Dios,
óigame esto:
la guerra del atún está en carpeta
Los señores del Norte se han dado
en la tarea
de venirse sin más ni más
a nuestras aguas,
a nuestro mar
pacífico de océano
a llevarse a los pobres habitantes
aprovechando dizque
de un dinero que nos prestaron
en el programa «Alianza para el Progreso»
y del cual,
el pueblo,
el mío pueblo
no ha visto ni de oliendas
un centavo.
Aprovechando —digo—
de eso
cuando menos acuerdan nos asaltan
en barcos,
redes,
panzas
y talegos
y se llevan
de muertos bien dormidos
en ataúd de hielo
a los pescados.

Usted que todo puede
y todo sabe,
por qué de una por todas
no les borra
del mapa de esta América.

Pues,
si no un día de estos
van a cargarse la línea equinoccial
para enlatarla,
y entonces
ya no habrá sol
que le tenga
una espiga
en la mitad del mundo.

Señor Juez, Hijo y Padre,
que al palomar sumaste una
Paloma
para saberte Tres,
siendo tan Uno,
bájese donde esté
si no quiere matarnos de las iras
y dese un paseíto
por los mares,
oiga cómo le lloran
las ballenas,
el caballo de mar,
las mismas olas.

Ponga su mano ardiente
sobre sus sangres frías
y enséñeles a odiar
a los cobardes
con ese odio de amor
que usted un día
sacó a los mercaderes de su templo.

Usted nos dio
un mar,
un páramo
y un bosque
como nosotros dimos
diezmos y cholas a su cura.
Y eso nos basta
en reciprocidad para alegrarnos
en su alegría cósmica.
Usted que borra los pecados
del mundo,
bórrelos de los mapas,
y desde ya le prometemos
llevarle de agradecimiento
un pescadito asado
en la Pascua de 1973.
Amén.

Nueva York, marzo de 1972


La huella y el dolor

Soplaba el mar. Soplaba la hermosura
de las alas, diluida. y era como una llaga
sin sangre, pero herida. Era la misma herida
al fondo del abismo.

Vino después el hombre y aturdido
sumergió sus emblemas. Buscó en vano.
El corazón estaba desdichado.

Desde entonces andamos de ola en viento,
de pájaro en brutales sustos idos,
de piedra en amarillo sentimientos.
¡Andamos miserablemente hombres!


Sigue en IVOOX el podcast Voces de la Literatura, de Deslinde.

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